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 De modo similar
a que la cultura diseminada en la Europa antigua por el imperio romano procedía
en gran medida de las provincias griegas bajo su dominio, la expansión de la
nueva religión islámica en la baja edad media asimiló como suyas muchas de las
pautas culturales de sus dominios persas. No en vano, la historia y desarrollo
cultural de lo que con el tiempo pasó a convertirse en el moderno Irán, eran
mucho más vastos y profundos que los de la nueva fe nacida entre los nómadas de
los desiertos arábigos.
Por ello, y a
pesar de las muchas diferencias y características particulares, la música
clásica persa se confunde con la música árabe. En realidad, las similitudes
deberían contemplarse a la inversa, ya que son las pautas de la música persa las
que influyen y configuran en definitiva la música del Islam. Y su influencia
viaja más allá de sus fronteras en alas de individualidades como el esclavo
liberto persa Zyriab, que huyó por celos profesionales de la riqueza y
refinamiento de la corte bagdadí para instalarse en el recién nacido y
floreciente califato de Córdoba, donde dio a luz al repertorio básico de la
música andalusí, las 24 nubas o suites de temas musicales, que, con las
variaciones propias del paso del tiempo y el aporte de los grandes maestros, ha
llegado a nuestro tiempo.
La porosidad de
las fronteras en la antigüedad también llevó los aires musicales persas a todo
el centro de Asia y más allá, hasta los territorios uigures de la China
islámica. Por su parte, los persas incorporaron a su bagaje sonoro muchas de las
pautas que desde tiempos milenarios se gestaron en la India, y especialmente las
bases teórico-filosóficas de los sabios de la Grecia antigua. Por ello, al menos
en el plano teórico, hay un punto de coincidencia más que superficial entre los
primeros tratadistas persas (e islámicos, por derivación) como Al Kindi
(c.801-866), Al-Farabi (¿- c.950), Avicena (c.980 – 1037),
Razi (¿ - 1209),
Safi al-Din (¿ - 1294),
Shirazi (¿ - 1310) o Maraqi (¿ - 1432),
y las
categorizaciones tonales de las iglesias cristianas de occidente. Sin embargo,
la praxis o aplicación en la interpretación de los mismos principios, se
tradujo en ambos casos en unas sonoridades y formas de hacer música muy
distintas al oído.
Trasfondo
histórico
La situación
geográfica de Persia, que en la antigüedad se constituyó en el poderoso y temido
imperio de Darío, la convierten en eje y fundamento de otras culturas más o
menos fronterizas, desde las tradiciones clásica griega, bizantina y turca de
Asia Menor al Asia Central, norte de la India y hasta el occidente de China. Y
desde su conquista por los árabes, su influencia indirecta a través de la
cultura islámica se ha hecho sentir en el Medio Oriente, el Magreb y el
Mediterráneo en general. Las primeras
referencias históricas nos remontan al imperio aqueménido (del 550 al 330 AC,
cuando fueron derrotados por Alejandro Magno). Este último instaló a los
seléucidas a los que siguieron los partos, una dinastía también bajo influencia
helénica que dominó la zona hasta el siglo II de nuestra era, a la que sucedió
el imperio sasánida (226-651) hasta el momento de la conquista e influencia
islámica, que se vio interrumpida entre los siglos XI y XV por las conquistas
turcas y mongolas, viviendo un período de independencia y renacimiento bajo el
reino safávida entre 1499 y 1746. Desde el XIX se volcó más que cualquier otra
nación islámica a las influencias modernizantes de Occidente, hasta la reciente
Revolución Islamista de 1979.
Sin embargo,
reconstruir la historia de la música desde períodos tan antiguos resulta más
difícil, principalmente porque la mayoría de la música clásica persa es
improvisada y su transmisión, básicamente oral, de profesor a alumno. La
información que se tiene sobre la música persa más antigua llega a nosotros
indirectamente, a través de pinturas, cerámicas y poesías, así como por los
escritos de autores como Herodoto, Xenofonte o Ateneo. La leyenda atribuye al
legendario rey
Jamshid la
invención de la música. También
sabemos que el
emperador sasánida Xosro Parvis (que reinó bajo el nombre de Chosroes II entre
el 590 y 628) fue un gran mecenas de músicos, entre los que se incluye la figura
del legendario Barbod, al que se atribuye la creación del sistema de las siete
dastgahs o modos reales (xosrovani), junto a otros 30 modos
derivados (lahn) y 360 melodías (dastan). El repertorio de la
época se completa con creaciones de
Nakissa y Ramtin.
A partir de la
conquista islámica en el 642, la información es mucho más amplia, como el
Kitab al Aghani de Abdul Faraj al-Isfahani (897 - 967), una enciclopedia que
en sus 21 volúmenes desgrana los nombres de virtuosos y de la música que
tocaban. Sin embargo, bajo el dominio turco a partir del siglo XVI, la música
empezó a declinar, gracias al fundamentalismo chiita que ve en la música profana
una actividad frívola y corruptora del alma. A pesar de ello, durante esa época,
especialmente bajo la dinastía Qajar (1785 – 1925), se procedió a la organización
del sistema actual de 12 dastgahs. Durante la dinastía Pahlavi, que
gobernó Irán hasta su expulsión en 1979, la música volvió a tener un papel
destacado en la sociedad, como parte del proceso de occidentalización al que se
vio sometido el país. Se fundaron los primeros conservatorios de donde surgieron
los primeros grandes maestros como Mirza Abdullah (¿ - 1917), Ali Naqi Vaziri
(1886 - 1981), Mehdi Barklesli, Ella Zonis o Hormoz Farhat.
El RadifEl repertorio
clásico de la música persa, perpetuado a través de la tradición oral, consta de
un corpus de piezas conocidas como Radif. Dichas piezas se
organizan en 12 colecciones, de las cuales siete son estructuras modales básicas,
similares a los maqamat de la música árabe (ver artículo Música árabe
y andalusí en esta web) y conocidas como dastgahs (sistemas), cuyos
nombres son Shur, Homayun, Segah, Chahargah, Mahur, Rast-Panjgah y
Nava. Los otros cinco modos son secundarios. De ellos cuatro (Abuata,
Dashti, Bayati Tork y Afshari) son derivados del dastgah Shur;
mientras que el quinto, Bayati Isfahan, es un sub-dastgah de
Homayun. Las piezas individuales de cada colección reciben el nombre de
gushés: más que una obra en sí, fórmulas modales melódico-rítmicas sobre las
que el intérprete improvisa. Por ello, una misma pieza tocada incluso por el
mismo músico en un mismo concierto será diferente en su melodía, forma, duración
e impacto emocional.
Los modos persas
se construyen a semejanza de los del antiguo sistema griego, es decir, mediante
la conjunción de dos tetracordios (fragmentos de escala de cuatro notas). Estas
escalas o modos siempre tienen siete notas, sin cromatismos, aunque su afinación
varía algo en relación a la occidental. Por ejemplo, poseen un intervalo de
segunda neutra, entre una menor y una mayor. Algunos modos también poseen un
intervalo mayor que la segunda mayor sin llegar a ser aumentada. En cuanto al
ritmo, la mayoría de gushés no poseen una estructura de compás estable,
mientras que los de corte danzante en compás binario, terciario, cuaternario o
asimétrico, hunden sus raíces en las músicas folclóricas de la zona. Al igual que otros
géneros del Asia Central, la música persa es monofónica, es decir, que todos los
instrumentos tocan el mismo esquema melódico sin connotaciones armónicas; es
modal, permitiendo cada modo distintos tipos melódicos o gushés; en su
afinación utiliza algunos tonos ajenos a la división temperada de la octava en
12 semitonos iguales; y cada pieza suele incorporar varias pausas. Pero, a
diferencia de los estilos musicales cercanos, la música persa se distingue por
el estrecho ámbito de sus melodías; los pasos conjuntos, sin saltos en la
melodía; el acento en la cadencia, simetría y la repetición de los mismos
motivos melódicos en diferentes alturas; unos patrones rítmicos simples, de
tempos rápidos; una ornamentación florida; y la decoración vocal llamada
tahrir y parecida al yodl. Otra distinción es el fraseo de los
gushés, que se adapta a los pies rítmicos poéticos.
Las formas de la
música clásica persa son cuatro: una para la voz y tres para las partes
instrumentales. El pishdaramad es una forma instrumental atribuida al
maestro del tar Darvish Khan: una especie de preludio al daramad
(una especie de guión o esqueleto personal y reconocible de la realización) de
la dastgah, que pone fragmentos melódicos de algunos de los gushés
en compases de dos, tres o cuatro tiempos. La forma instrumental del
cheharmezrab se asimila al taksim de la tradición árabe: una pieza
solista rápida que utiliza la melodía a la que precede. La última forma
instrumental es el ring: una pieza de carácter bailable que suele
finalizar la dastgah.
Por su parte, la
forma vocal se llama tasnif: su carácter es similar al pishdaramad
y suele anteceder al ring final. Los gushés
suelen tener una forma interna de arco que asciende hacia el clímax (auj)
a unas dos terceras partes de la pieza para resolver luego en el modo y tono
inicial de la melodía, de forma muy similar a cómo progresan las melodías de la
tradición clásica de Occidente. La interpretación de este repertorio de fuerte
espíritu improvisatorio genera un efecto llamado hâl, o inspiración,
capaz de sacar de la realidad conciente tanto al oyente como al músico. Esta
tradición se nutre particularmente de la filosofía mística sufí, especialmente
en lo que a la temática de sus poemas se refiere y a la interpretación vocal (âvâz)
de la dastgáh. Cada línea poética se canta con una melodía distinta según
la secuencia de introducción vocal, misrâ (medio verso), ornamentación
vocal (tahrîr), segunda misrâ, tahrîr y vocalización final.
La métrica de los pies de la forma poética del ghazal forma la base de la
interpretación elástica del ritmo. Cada dastgah
contiene de 10 a 30 gushés. La tónica se denomina shahead y cambia
con el devenir de los gushés, creando modulaciones que generan un espacio
sonoro. También existe una gravitación tonal secundaria que suele estar en la
cuarta o quinta perfectas respecto a la tónica.
Volviendo a la
afinación, cada instrumento debe ser capaz de hacer sonar 16 notas distintas por
escala. Si tomásemos como base al Do, las notas serían, aparte de las naturales
Re, Mi, Fa, Sol, La y Si, las alteradas Mi bemol, Fa sostenido, La bemol y Si
bemol, junto con un Re medio bemol (entre el Re bemol occidental y el Re
natural), un Mi medio bemol, un Fa medio sostenido (entre Fa natural y
sostenido), un La medio bemol y un Si medio bemol. De ese modo, por ejemplo, la
dastgah Shur se conforma así: Sol-La-Si bemol-Do-Re-Mi medio bemol-Fa,
siendo la tónica principal Sol y la secundaria, Re; mientras que la Homayun
tiene las mismas gravitaciones tonales, pero en la sucesión Sol-La medio
bemol-Si bemol-Do-Re-Mi medio bemol-Fa sostenido.
Los
instrumentos Los grupos
instrumentales habituales de la música clásica persa actual se componen de hasta
cinco de carácter melódico más uno a tres rítmicos, incluyendo además un
cantante. Entre los primeros destacan los cordófonos de pulso tar, setar,
barbat (o ‘ud, laúd árabe), el salterio santur, el violín
kemanché y la flauta ney, junto a las percusiones tombak, zarb
y daf.
De la familia
organológica de los laúdes, el tar (literalmente cuerda, y cuyo nombre ha
llegado hasta nosotros dentro de la etimología de la palabra guitarra) es el
instrumento de cuerda pulsada más usado actualmente. Tiene tres órdenes dobles
con seis cuerdas afinadas en intervalos perfectos de octava, quinta y cuarta:
Do-do-Sol-sol-do-do, con una extensión de unas dos octavas y media. Posee un
cuerpo característico en forma de ocho hecho de madera de morera, parecido a una
pareja de bongós, y cubierto con un mismo parche de piel de oveja y con un
sonido similar al de un banjo. Al utilizar una membrana animal, es muy propenso
a los cambios de temperatura y humedad ambientes, lo que afecta tanto a la
afinación como al tono general del instrumento. Su largo mástil tiene entre 26 y
28 trastes móviles de cuerda de tripa y se toca con un plectro de bronce. Se
cree que apareció en Irán a mediados del siglo XIX.
A pesar de su
nombre, el setar (literalmente, tres cuerdas) tiene cuatro cuerdas,
aunque tres órdenes: Do-do-Sol-do. Tiene un mástil largo (unos 60cm.) similar al
del tar y una extensión similar. Pero, a diferencia de aquél, el cuerpo
tiene forma de pera y es totalmente de madera, con pequeñas aberturas taladradas
en la tapa para ayudar a proyectar el sonido. Esta diferencia de construcción
también se traduce en un sonido menos potente: una capacidad que, aunque en
principio parece una desventaja para tocar en un escenario, supone todo lo
contrario para hacerlo en secreto en tiempos en que la música no está bien
considerada por las autoridades religiosas.
Barbat
es el
nombre que se da en Irán al ‘ud, un laúd árabe de mástil corto y sin
trastes, con 9 a 11 cuerdas afinadas en cuartas y tocado con plectro de pluma de
águila. Para más información, consulte el artículo
Rey ‘Ud: El alma de la
música árabe en esta misma web.
El santur
es el principal instrumento melódico de la música persa, aunque los
salterios (en distintos formatos) estén presentes en culturas musicales de toda
Europa y Asia, desde el hackbrett escandinavo al yang ch’in chino,
pasando por el cymbalum húngaro, el santuri griego o el británico
dulcimer. Consta básicamente de una caja de madera (de nogal, palisandro,
palma o betel) de forma trapezoidal, cuyas tapas trasera y delantera están
conectadas por unos postecillos sonoros que juegan un papel fundamental en la
calidad del sonido. Tiene 72 cuerdas metálicas dispuestas en 18 órdenes de
cuatro cuerdas, que se percuten mediante unas delicadas baquetas de madera,
consiguiendo una extensión de tres octavas en una disposición particular. Así,
las 9 notas del registro inferior utilizan la longitud completa de la cuerda de
bronce, mientras que para los registros medio y alto, las cuerdas de acero
dividen su trayecto mediante unos puentecillos móviles. Tienen clavijas de
afinación ajustables. Las cuerdas se afinan según la escala diatónica, aunque
pueden variarse para ajustarse a cualquier dastgah. Suele ocupar el
centro del grupo instrumental. El kemanché
es un violín similar a la viola árabe rebab, con cuatro cuerdas
afinadas como el violín, aunque sostenido verticalmente sobre el muslo
izquierdo, mientras la mano derecha sostiene el arco. Su caja hemisférica,
similar a la de una mandolina, tiene, al igual que el tar, la tapa
armónica hecha con una piel, en este caso de pez. Tiene mástil cilíndrico y sin
trastes. Sus orígenes se remontan a la antigúedad y probablemente haya tenido
tres cuerdas, agregándose la cuarta como consecuencia de la introducción del
violín occidental a inicios del siglo XX.
El ney
es una flauta de amplia difusión en la zona. Se sostiene como las flautas
dulces, apuntando hacia abajo y, como ellas, tiene cinco o seis taladros
superiores más otro inferior que controla el pulgar. Pero se diferencia por
tener una embocadura abierta, similar a la de una botella,
forrada con un
cilindro corto de bronce.
Ello y su posición de toque en oblicuo dificultan su interpretación sin que los sonidos
suenen “con demasiado aire”, así como pasar a la octava superior sin
distorsionar el tono.
Los virtuosos llegan a una extensión de dos octavas y media.
El tombak
es un tambor en forma de cáliz, de aspecto similar a la darbuka,
aunque esculpido de una pieza sólida de madera de morera
recubierta en la
boca más grande de un parche de cordero o cabra. La técnica de su toque es
similar también a la de la darbuka, con ambas manos percutiendo sus dedos
de maneras diversas. Sirve no sólo como acompañamiento mediante patrones
rítmicos, sino también para acentuar y ornamentar las frases melódicas.
El zarb
es otro instrumento de percusión, algo mayor que el tombak, con una boca
más grande cubierta de piel y otra abierta. La principal diferencia con el
anterior es la forma de interpretarlo, más cercana a la de las tablas de
la India, obteniendo diferentes sonidos mediante la yema de los dedos que
percuten en sitios muy precisos del parche.
Por su parte el
daf es una pandereta con platillos metálicos y marco circular con parche de
piel de cabra.Aparte de estos
instrumentos, y según las regiones, la actual música iraní cuenta con un nutrido
arsenal de instrumentos folclóricos como el laúd dotar (dos cuerdas) de
los bakshi y tuquemanos; el laúd tanbur de Jorasán de tres cuerdas; el
violín ghaychak del sur, con cuatro cuerdas para tocar y muchas otras que
vibran por simpatía; el
damâm,
un tambor cilíndrico del sur del país con parches en ambas bocas, que se
percuten simultáneamente, similar a otros de la India y África; el dohol,
un gran tambor kurdo de doble membrana que suele acompañar las danzas grupales
junto al oboe zorna y que se toca con dos baquetas; el do-tablé, o
doble tambor de la caballería kurda; el tambor täs que se utiliza en las
ceremonias del culto zoroastrista de los kurdos; o el también kurdo tambor de
lucha deportiva zarbé.
Sin duda
alguna, estos instrumentos, así como muchos elementos del folclore y cultura de
los pueblos que hoy conforman el Irán moderno, han influido en la interpretación
de la música clásica persa: un cosmos sonoro de raíces milenarias que no deja de
renovarse a manos y en las voces de sus representantes más ilustres, como
Houshang Zarif, Gholam Hossein Banan, Ali Akbar Shahnazi, NurAli Borumand,
Habibollah Salehi, Ahmad Ebadi, Jalil Shanaz, Esmaeel Mehrtash, Reza-Gholi Mirza
Zelli, Ghamar-ol Molouk Vaziri, Eghbal-Soltan Azar, Taj Esfahani, Dariush Safvat,
Faramarz Payvar, Mohammad Ali Kiani-Nejad, Mohammad Esmaeli, Farhang Sharif,
Mohammad Taghi Massoudieh, Mehdi Barkeshli, Mahmud Karimi, Abdollah Davami,
Yousef Foroutan, Faramarz Payvar, Haj Ghorban Soleimani, Saied Hormozi,
Kayhan Kalhor , Ma'aroufi, Zarinpanjeh, Nasser Farhangfar,
Hossein Alizadeh,
Sima
Bina,
Hossein Omoumi,
Mohammad Reza Lotfi,
Parviz Meshkatian,
Mohammad Reza Shajarian,
Ali
Akbar Moradi,
Shahram Nazeri,
Dariush Talai,
los kurdos de la familia Kamkar (Hooshang, Bijan, Pashang, Ghashang,
Arjang, Arsalan,
Ardeshir y Ardavan), Djamchid y Bijan Chemirani, Siamak Shajarian o
Parissa.
[Fotos 1 - Kayhan Kalhor; 2 - Parissa, 3- tar, por cortesía de Pooyesh; 4 - kemanche, por cortesía de
Pooyesh; 5- tombak, por cortesía de
Pooyesh].
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